viernes, 15 de abril de 2011

Lamentos del alma

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¡Ay, qué pena amada mía!
  Hemos perdido la pasión abrasadora
   En el loco y sereno amor de la protesta,
    Esa que nos confina y nos condena
     Al incesante reproche en penitencia.

¡Ay, qué pena me viene al alma!
  Que deja su huella y tu mirada desierta,
   Allá donde mueren suspiros de alcandora,
    Mientras se aletargan besos sin boca,
     En lengua cansina, sin meladura  y toda seca.

¡Ay, que llanto prolongado en amargura!
  Echando en falta tu mano llena de vida,
   En mi dolorido costado, ahora congelada.
    Sangrando el corazón se alborota en su zambra
     Y le llega el aviso de estremecedora derrota.

¡Ay, cuántos perdidos años en ignorancia!
  De nunca acumulada y extensa experiencia,
   Al tiempo que el sueño silencioso pasaba,
    Como nubes de inviernos negros engalanadas
     Asomándose a nuestra íntima y secreta ventana.



15 de abril de 2011
© Rafael Mulero Valenzuela