martes, 7 de octubre de 2008

Carta al párroco de mi pueblo.

G. G. S.
Párroco
Mayo de 2006



Querido G.:

Me siento en la obligación de escribirte esta misiva para ayudarte, esta no es una presunción ególatra, y ayudarme a mi mismo, mediante una reflexión serena y tranquila tal y como corresponde a mi edad.

Poco tiempo después de que tomaras posesión de la parroquia de nuestro pueblo, fui a presentarme a ti con diversas y múltiples intenciones. La primera de ellas fue por respeto ya que él ha constituido una norma esencial en mi vida. La segunda, porque en ti debía confiar para aliviar mi dolor como creyente puesto que tú como mi pastor en el pueblo has asumido la ingrata tarea, también gratificante tarea, de consolar y prestar auxilio y asistencia a los afligidos. La tercera porque todavía conservo la virtud de la esperanza y así mantenía viva la posibilidad de encontrar un sacerdote como Dios manda…La cuarta...No creo que haya necesidad de hacer un catálogo de intenciones. Bástenos, pues, por ahora, estas motivaciones. Si es el caso, buscaremos otras más adelante. Esta carta, tal vez, solo sea una manera más de hablar con Dios

Desearía que no busques en esta carta una postura de reproche, incluso ni de crítica, hacia tu persona, ni tan siquiera, mira bien lo que te digo, hacia la institución que representas.

No encontré en ti ese primer anhelo que esperaba de ser conocido como una oveja más de tu rebaño. Yo era “otra” oveja más. Tú no tenías tiempo de prestarme toda la atención que yo estaba solicitando de ti. Eran tus primeros momentos en la parroquia. En aquel encuentro estabas atareado con preparar en el ordenador los saludas a los padres de los niños que asistían a catequesis y otras misivas que dieran buena imagen del recién llegado y nombrado nuevo “párroco”. Es normal Te ayudé con la impresora que no había forma de hacerla funcionar y corté las papelas que luego se entregarían a los pequeños. Cierto es que tú no me pediste nada y que fui yo quien se ofreció a ayudarte porque vi en el apuro en el que te encontrabas.

Porque mi deseo de comunicarme contigo era de necesidad imperiosa, te puse al corriente de los hechos de mi vida pasada. En total, tres matrimonios, dos divorcios y mis dos hijos N… y J… de siete y ocho años nacidos de mi última mujer. Las anteriores esposas no pudieron concederme la dicha de ser padre. Y tú, absorto en tus quehaceres ineludibles, me preguntas por qué rompí mi primer matrimonio celebrado en la Ermita de la Virgen de los Remedios de Colmenar Viejo. Te estaba abriendo mi corazón y haciendo de la sinceridad la inalterable línea de conducta que ha marcado mi vida. ¿Por qué debía quebrarla en aquellos momentos mientras yo hablaba y no sabía bien si tú me escuchabas? Pues ella, mi primera mujer, de triste recuerdo, se acostó con uno de mis innumerables primos y después lo hacia con un compañero del trabajo de ambos. ¿Acaso debía vivir mi vida así, aun cuando no respetara el precepto sagrado que impone que lo que Dios une en la tierra no lo desate el hombre?

Ah, pero tú tenías la solución. Uno de tus hermanos había conseguido la anulación eclesiástica de su matrimonio y yo mismo también podría conseguirla. Fuiste muy amable proporcionándome el contacto con el Patrono Estable del Tribunal Eclesiástico Metropolitano.

Don P…, era un hombre mayor, baqueteado en ese Tribunal, con suma experiencia, y en mis respuestas más íntimas encontró motivos, tal vez suficientes y esperanzadores, para obtener la anulación de mi primer matrimonio. Solo debía convencerla a ella, a la cual no veo desde hace más de treinta años, para que fuera a visitarlo y él se encargaría del resto… No creo necesario expresarte por escrito cómo me sentí en aquella charla interrogatorio ni cual fue mi estado de ánimo en los meses siguientes. Eso es algo que yo, por mi mismo, debo olvidar. No obstante, deseo agradecerte que me encauzaras por el único y buen camino para solucionar mi íntima relación con Dios y, al mismo tiempo, mi peculiar relación con la Iglesia Católica.

¿Por qué a mi relación con Dios le atribuyo el calificativo de íntima y a la que puedo mantener con la Iglesia Católica le confiero una calificación de peculiar?

Es muy sencillo de explicar y en cierta medida mantiene su lógica. Desde mi infancia mis padres me llevaron al colegio de los Sagrados Corazones en la calle Martín de los Heros en el barrio de Argüelles, en Madrid. En ese colegio permanecí hasta los trece años cuando los curas me obligaron a repetir el curso de tercero de bachillerato. Como no podía aguantar sus humillaciones, sus insultos encubiertos y sus malos tratos físicos, -llegaron a romperme la cabeza con una goma de regar negra, maciza-, mis padres me matricularon en el Instituto de San Isidro de la calle Toledo. El Dios que me enseñaron los curas de aquel colegio era un dios represivo, amenazante, implacable con los pecadores. ¡Si pudieras imaginar, al menos en su mínima parte, la angustia que sufría por mis pecados mortales pensando que no despertaría de mi sueño y me iría a ese infierno monstruoso que ellos se deleitaban en hacer que imaginásemos! Yo, llorando, le rogaba a Dios que no me castigara, que aquello no volvería a ocurrir, que me arrepentía profunda y sinceramente, que mi acto de contrición era sincero. Si hubieran existido iglesias abiertas en la noche con confesionarios habitados me habría escapado de casa y con el mismo pijama hubiera ido a confesar mis tremendos pecados. Pero tenía que esperar al día siguiente, dejar que la noche se arrastrara lentamente por mi habitación, escuchando las campanadas distanciadas del reloj que había en el comedor. Y por la mañana, postrado ante el sacerdote tendría que aguantar de nuevo sus caricias en mis mejillas ardientes de un sofoco pudoroso, escuchar sus mismas palabras de siempre, sentir su rostro en el mío y la presión de su mano en mi hombro atrayéndome hacia él. Y después el calvario de los rosarios enteros de penitencia, la flagelación de mi cuerpo con el cinturón que sujetaba mis pantalones de adolescente. Todos los arrestos en domingo que sufrí por las tardes mientras mi padre y mi hermano mayor iban al estadio de fútbol, todas las vergüenzas y vejaciones que me inferían por motivos insignificantes, las bofetadas del profesor laico don Ursicinio por no saber resolver un quebrado, el favoritismo y el cariño que ponían en los niños de padres ricos y los privilegios de que gozaban. ¡Dios mío, que adolescencia terrible!

En el Instituto, don P…, -no el Patrono Estable-, el sacerdote que nos impartía la clase de religión se remangaba la sotana y jugaba al fútbol con todos nosotros, nos daba patadas en las espinillas y nosotros se las podíamos devolver a él, decía algún que otro taco y, ante todo, se reía cosa que nunca vi hacer a los curas de mi antiguo colegio. El nos hablaba de Dios de una forma diferente, no debíamos tener miedo de El porque era todo Amor, aunque nosotros todavía no comprendiéramos bien todo lo que aquella palabra podía significar y abarcar. Aquel era un Dios piadoso, comprensivo, que estaba dispuesto a sacrificarse por nosotros siempre. Y si alguno de nosotros deseaba la confesión nunca nos ponía una mano encima, disculpaba y restaba importancia a los pecados y, al despedirnos, siempre lo hacía de la misma manera: ¡Que Dios te bendiga, chaval!

Después, cuando conocí mujer, -la primera vez fue en la plaza de Tirso de Molina, ella se llamaba Dolores y era prostituta-, y cuando me enamoré de otra niña del Instituto Lope de Vega, empecé a comprender qué cosa era el amor y me propuse cultivarlo a lo largo de toda mi vida.

No fue a causa de las mujeres sino por mi afición hacía la reflexión y a la filosofía que una época me dije que era ateo, después agnóstico y por fin no era nada. Era yo mismo un vacío, ¿Entiendes, G…? No era nada, absolutamente nada.

Pasaron los años. Muchos años y no podía vivir sin Dios. No había dado respuestas a todas las incógnitas que se me presentaban y, no sé si esto es correcto, adopté la fe del carbonero. Pero tuve que recomponerme a Dios, inventarlo a mi manera, diseñarlo según los principios de la naturaleza y la buena voluntad, de la rectitud y honradez en las intenciones, del respeto que a mí mismo me debía, del mismo modo del respeto que debía tener hacia los demás. Así fui, poco a poco, reconstruyendo a mi Dios y ahora estoy contento y entusiasmado con El. Al menos, no le tengo miedo y le comprendo y le respeto como Padre.

Padre nuestro que estas en los cielos… ¡Es la oración más hermosa que haya podido escuchar! ¿Cuándo la rezas en el altar delante de todos nosotros, estás sintiendo lo mismo que siento yo cuando la rezo en mis paseos o al final del día cuando estoy a punto de acoger al sueño?

Mi primer matrimonio, el eclesiástico, duró tres años y tres meses. Después vino el divorcio, Algunos años más tarde, hallé otra mujer y me comprometí con ella. Al cabo de muchos años de convivencia volví a casarme en rito civil. Tampoco con esta mujer tuve hijos. Surgieron las desavenencias, no te puedes imaginar el calvario que sufrí, y nos separamos y más tarde nos divorciamos.

Un día, el milagro del amor llegó hasta mí y conocí a mi mujer actual que me ha dado dos hijos. Yo cuando he tenido el primer hijo, J…,, tenía cincuenta y tres años. En consecuencia soy una especie de papá abuelo con la experiencia y las debilidades de la edad. Este niño es el que hace su Primera Comunión en fecha próxima en tu iglesia y ha asistido regularmente a la catequesis que impartís. Deseo recordarte que este niño y mi hija N…, fueron bautizados en esa tu iglesia por el anterior párroco, don J. R. porque el sacerdote del Opus Dei de la iglesia del pueblo no los quiso bautizar dados mis antecedentes, según sus palabras textuales. Y en caso de avenirse a impartirles el sacramento del Bautismo tendría que presentarle unos padrinos de pila con una reconocida fe y solvencia probada en la religión cristiana.

En un pequeños ágape que tuvimos los papás con los niños de la catequesis tuvimos ocasión de hablar por breves instantes. Te expresé mi deseo de no quedarme sin comulgar el día de la Primera Comunión de mi hijo. Al día de hoy, transcurrido algún tiempo, todavía me espanta recordar tu respuesta. Yo debía explicarles a mis hijos de ocho y siete años que su papá estaba casado tres veces, que la Santa Madre Iglesia solo reconoce mi primer matrimonio, que se me niega el sacramento de la Eucaristía y que papá no podrá participar totalmente con él en su gran día. Como alternativa, me propusiste una confesión en toda regla y así, de forma excepcional, podría recibir la Eucaristía por una sola vez, ese día.

Querido párroco G., no pude aceptar la solución que me proponías aun cuando te agradezco el esfuerzo de comprensión y entendimiento que haces de uno de tus feligreses. Si no me ves a menudo por tu iglesia debes comprender que el motivo es que no me ilusiona ni tu discurso ni la doctrina que predicas. No obstante tienes todo mi respeto y el mismo que yo te guardo a ti debes procurar transmitírmelo a mí mismo sin dogmatismo porque ¿Quién de nosotros está limpio para lanzar la primera piedra?

Sin ninguna duda tendré en mi corazón cosas de las que arrepentirme y por ellas a mi particular Dios le solicito frecuentemente el perdón. Pero deseo que conozcas que mi conciencia a la que tengo acostumbrada a la sobriedad, a la exigencia más estricta y a la disciplina más severa me permite dormir cada día en la paz de mi Dios particular.

El amor ha sido, sin ninguna duda, el sentimiento que me ha perdido para vosotros.

Recibe la paz.