jueves, 21 de agosto de 2008

El hombre-médico y la pipa


Señores:

A mis años este gorrión de plumas encanecidas, como ustedes han deseado llamarme cariñosamente, ya no está para recibir emociones de la índole que yo recibo cuando, asombrado y turbado, me contemplo en la página electrónica del Club de Amigos de la Pipa de Madrid. Y para colmo se habilita un rincón literario en el que tengo la posibilidad de expresarme.

Es un homenaje que no me merezco y deseo expresarles a todos ustedes mi profundo y sincero agradecimiento. En especial, -no diré al compañero-, al amigo Manuel Moya que me estima en el mismo grado en que yo lo estimo a él. Creo que nuestra empatía desde el primer momento se hizo manifiesta. Señores de la Junta Directiva, querido Javier Vázquez de Prada y respetado Presidente, querido Juan Torres e igualmente respetado Vicepresidente, queridos todos voy a decirles lo que ustedes están haciendo conmigo.

Ya saben ustedes que tengo la mala costumbre de no avergonzarme de mis sentimientos y como ya saben el pudor se pierde a una cierta edad y yo ya no tengo ese pudor necesario, a veces imprescindible en la sociedad en la que vivimos, como para cerrar mi corazón a todo aquello que vivo y siento.

Antes de nada, deseo hacerles una precisión. Habrán comprobado que en ocasiones me dirijo a ustedes con este tratamiento y en otras les tuteo sin contemplaciones. En el primer caso, lo hago por el respeto que todos ustedes me merecen. En el segundo, cuando les tuteo me parece sentirme más unido a vosotros.

Les debo decir que después de dos matrimonios fallidos y sin hijos, encontré a Elena, mi actual mujer, que me dio dos hijos, Jacobo de diez años y mi cariñosa niña Natalia de nueve. Pues bien, yo que iba tan seguro por la vida echando canas al aire presumiendo de mis espermatozoides perezosos, me encuentro a los cincuenta y tres años convertido en padre por primera vez. Ustedes me han hecho llorar con su benevolencia casi de la misma forma que lloré cuando, en el paritorio acompañando a Elena, me pusieron en mis brazos temblorosos a mis hijos.

Señores les ruego un poquito de compasión. Ya no estoy para grandes y magníficas emociones. Mi corazón se va cansando y dice el cardiólogo que tengo que reforzarlo con Masdil todas las noches. Pero este hombre-médico es compasivo y comprensivo. Me prohíbe beber güisqui con mi amigo Juan Torres, me dice que no tome grasas, ni callos, ni morcillas, ni me someta a grandes excitaciones de huevos con patatas y pimientos; que no trasnoche por los alrededores de la plaza del Dos de Mayo; que no vuelva a participar, ni como controlador ni tan siquiera como oyente, en una fumada lenta y después me dice que no fume. “¡Ah, señor médico, eso no me lo quite!” le dije un tanto ofendido. “Pues bien, me dice, ¿Cuántos cigarrillos fuma usted?” “No hombre-medico, le digo, solo fumo en pipa”. Me mira a los ojos, repara que en mi ojal de la chaqueta hay colgada una insignia. Se acerca a mí, curioso, inquisitivo, con los ojos entornados para enfocar mejor y entonces se queda boquiabierto, algo sorprendido, rebosando entusiasmo por sus ojos y en su boca se dibuja una mueca de satisfacción. “Ah, ya veo, me dice. Pertenece usted al CAP”. “Así es, le respondo con todo mi imperceptible y magno orgullo”. “Bueno, dice él, en ese caso ya no me preocupa tanto. Puede usted seguir fumando pero con cierta moderación, ¿de acuerdo?” “Sí doctor, le digo, los compañeros me están enseñando a hacerlo”. Y después, de manera informal, comenzó a interesarse por nuestras actividades, por nuestra forma de ser y de estar, por nuestras reuniones y tertulias, por el precio de las pipas, por los tabacos, por sus aromas y me preguntó a qué sabían, y cual de los sabores era mi preferido. Pero no quise definirme porque le conté que andaba mariposeando de uno a otro, catando, descubriendo, comparando, dejándome aconsejar por los sabios y expertos del CAP. Cuando concluíamos nuestra charla, volvió a su lugar de hombre-médico y con tono algo severo y determinante me dijo: “A partir de ahora en lugar de media pastilla de Masdil se toma usted una entera, media para usted y otra media para sus compañeros del Club de Amigos de la Pipa de Madrid, como medida de prevención”.

De precipitaciones y emociones ya no vivo; las busqué en otros tiempos cuando me comía literalmente el mundo, cuando mis piernas aguantaban el peso de las noches en vela, cuando deseaba conocer y vivir todo lo que hubiera que vivir, -al fin y al cabo pensaba que me dedicaría a escribir y qué cosas puede transmitir y plasmar en sus escritos un personaje que no ha vivido-, cuando me entregué sin ningún recato a las fantasías del amor.

Hoy, -lo tuve hace ya muchos años atrás- , vivo entregado al éxtasis de la pipa. Si pudiera yo expresarme bien y explicarles qué es lo que siento cuando sostengo entre mis manos una pipa, cuando la acaricio con mi mayor ternura, cuando la fumo, cuando la aseo, cuando le doy su descanso, también cuando me enfada. Y no piensen ustedes que hago distinción entre ellas según su procedencia, marca o sello; tampoco por su color, ni por su tamaño ni mucho menos por su peso. Nunca por su precio. Eso sería una enorme traición. Desde que pertenezco al CAP vengo rescatando de mis estantes veteranas y arrinconadas pipas. En cada una de ellas hay una parte de mi propia historia y cada pipa tiene su peculiar leyenda. Es así, de suerte, que nuestras existencias están hilvanadas con hilo de oro en el tiempo, y en el tiempo tengo los recuerdos que voy encanillando al compás del corazón, aunque mi memoria pueda estar dándome avisos de fallos y descontroles en el tiempo y el lugar. Ya empiezo a dormir poco, a comer aún menos, a tener escasas necesidades de caprichos inútiles. Procuro conservar aquellas que me aportan un grado de felicidad suficiente para seguir en la vida con la alegría de saberme plenamente viviente, honesto, henchido, sin someterme a rutinas o compromisos que solo me traen el tedio. Es algo así como vivir en mí la vida de los otros a los que quiero.



Madrid 4 de diciembre de 2007
Rafael Mulero Valenzuela
© Rafael Mulero 2007