jueves, 21 de agosto de 2008

Epílogo a un cuento íntimo


Por más que me lo pregunto, todavía no he comprendido este capricho mío de poner prefacios a algunas de las cosas que escribo. A veces, he llegado a pensar que lo hago para que los sentimientos no se me olviden en el transcurso del tiempo. En esta ocasión, de manera excepcional, me sobreviene una especie de angustia enloquecida que me lleva a este "epílogo", si es que a este cuento así puede llamársele.

Me interrogo acerca de si lo que ahora estoy escribiendo es un epílogo o, tal vez sólo un cuento, una confesión de una historia íntima, o simplemente constituye una especie de reflexión que me conduce a mi propio descubrimiento. Ahora escribo para mí mismo, aún cuando piense en los demás. Mis cosas las guardo distraídamente en alguna carpeta y las dejo reposar. No sólo soy yo quien se somete a un esfuerzo al escribir. Ellas por sí mismas, cuando ya son algo, se encuentran expuestas al mismo devenir de sufrimiento o de júbilo que a mi me acontece. En otras ocasiones, pienso que esto que hoy emprendo no es más que la consecuencia de la impotencia que se experimenta cuando uno siente que algo que considera importante se le queda dentro y no es capaz de expresarlo adecuadamente. Nunca acierto, ni siquiera consigo intuir, cómo ni por qué concluyo algo de lo que escribo. La composición del lenguaje, su dominio, la belleza de las palabras ordenadas, el fondo y la forma, llegan a preocuparme hasta un cierto límite. Sin embargo, la transmisión de mi propia emoción y, recíprocamente, el sentimiento ajeno, -aquel que consigo captar o el que desnudamente me hacen llegar-, constituyen una especie de obsesión dolorosa y fatigante de la que no consigo liberarme con facilidad. De alguna manera, y con cierta frecuencia, naufrago en el escepticismo. Entonces... Unas mañanas siento en mí el tormento de saberme inútil y, por las noches o en las tardes, cuando recurro a Lete, el Olvido, me colmo de alegría y experimento la enorme dicha de algo tan sencillo y simple como es vivir.

Pedro, a quienes otros llamaban Pablo, -en su partida de nacimiento figuraba como Pablo Pedro García -, de profesión metalúrgico, era un hombre de esbeltez menuda, a quien sus setenta y ocho años lo habían encorvado y reducido en su apariencia de manera considerable. Su lucha incansable con la vida, -esa fatiga que en determinados momentos somos incapaces de disimular-, había realizado el resto.

Cuando le conocí, los síntomas de la enfermedad habían hecho ya acto de presencia en él. No obstante, a lo largo de nuestras pausadas conversaciones, comprobé la manera peculiar que utilizaba para transmitir ese arte de enredar el humor y la ironía, ¿podría a esto llamársele desengaño?, que parece regalarnos la ancianidad. Su abundante y esponjoso pelo parecía recién nevado y en sus cejas, bien pobladas y desordenadas, todavía mantenía algunos tintes plomizos. Los cigarrillos, siempre de tabaco negro, fuerte y oloroso, se consumían incansablemente en sus nobles manos, pronunciadas en una extrema delgadez. Ello hacía posible que las venas, engordadas y negruzcas, se le pudieran contar una a una con toda precisión y extensión. Aprendí a amarlo, tal vez, porque él lo hizo y confió primeramente en mí. Pero también es cierto que, aunque no hubiera ocurrido de esta forma, lo habría querido con el mismo grado de intensidad, precisamente desde el instante que fui capaz de descubrir en sus pequeños ojos de desconsuelo la bondad que en ellos se había refugiado. Pedro, para otros Pablo, era un hombre de buenas intenciones. Me hablaba de aquella nuestra última guerra sin aparente pasión y nunca lo hizo como un comunista derrotado y resentido o, incluso, humillado. Las guerras, solía decir con frecuencia, es lo mismo ganarlas que perderlas; lo trágico de ellas es vivirlas. El la sufrió en su Madrid de la trinchera callejera, de su monte Garabitas, de la calle Álvarez de Mendizábal; de su Madrid del asedio y la represión. Muy cerca de la muerte, cuando las urnas florecieron de nuevo, todavía permanecían en él la fidelidad y la confianza en el Partido.

Aquel invierno, cuando la arterosclerosis se agudizó y se fue adueñando de los tejidos de su cerebro, estuvo extraviado por las calles durante tres días y tres noches completos. En la comisaría nos dijeron que no debíamos preocuparnos; que también los viejos sienten la necesidad de echar sus canas al aire. En aquel momento de angustia, consideré injusto que los representantes de la autoridad nos proporcionaran tranquilizante tan absurdo. ¿Qué podíamos hacer nosotros para buscar a un viejo en una ciudad de cerca de cuatro millones de habitantes? Cuando apareció por la mañana sólo supo decirnos que se había perdido, que no sabía volver a casa. El aspecto que presentaba era deplorable. Después de los primeros momentos, lo aseamos y se metió en la cama, y se puso a llorar en silencio. Nunca he podido resistir el llanto ajeno. Cuando le sucedió la segunda vez y unos jovencitos le pegaron para robarle las cien pesetas que siempre llevaba consigo, le llegó el miedo y ya no le apeteció salir a la calle. Su delgadez se fue haciendo extrema; había perdido el apetito y comer le suponía un penoso esfuerzo que consideraba innecesario realizar. Se fue abandonando a sí mismo, creo, que con la conciencia de que luchar contra lo inevitable resultaba algo impreciso e ingrato. Le veía postrado en la cama, con la barba, antaño de oro, blanca y recia engullendo sus mejillas; la tos seca y cavernosa, propia de su silicosis, le estremecía el cuerpo y daba la sensación de que sus huesos se fueran a quebrar en un instante; en su mirada débil apareció una expresión de súplica, como si pretendiera no abatirnos con la huella tétrica de su amargo y lento final.

Poco tiempo después, llegaron las estancias alternas en el hospital. La primera noche que le velé junto a su lecho, mientras escuchaba su asfixia, adquirí de nuevo conciencia del hecho de la muerte. Padecí un miedo infinito. Algunas noches más tarde me refugié en Paula haciendo el amor. Pero no pretendía ese amor físico y placentero que, en ocasiones, nos reconforta y alivia. Sólo pretendía el consuelo de estar dentro de ella; sentir algo de su calor íntimo. Necesitaba no vivir más que en ella. Precisaba encontrarme protegido. Pedro, decía no creer en Dios. Pertenecía a esa clase de hombres que únicamente son capaces de tener confianza en sí mismos y en los otros; el uno en el otro; también en el celador y en la enfermera de pelo negro rizado. Teníamos esperanza en el alba, en el gorjeo de los gorriones ácratas, en el murmullo y en los alborotos del día ya nacido. Aquella noche lo habíamos conseguido. Cuando nos despedimos no pudimos evitar la sonrisa del primer triunfo y nuestros ojos se llenaron de dicha.

Una mañana del mes de mayo le dieron el alta y lo trasladamos a casa. Los médicos decían que había mejorado y que el peligro inicial había desaparecido. Pedro no tenía fuerzas ni siquiera para permanecer sentado en el sillón. Solamente se encontraba bien en su lecho de muerte. Recuerdo su pequeña sonrisa cuando le rasuraba la barba y le decía lo guapo que estaba. Era la suya una sonrisa apacible; me pregunto si acaso pretendía infundirnos ánimos. Supongo que Pedro pensaba que resultaba indiferente morirse bien afeitado. ¿Ante quién debía hacer su presentación limpio y aseado? Llegó un momento que los dolores le consumían. La última vez que hubo que internarle en el hospital, me encontré forzado a mostrarme enérgico y despiadado con él. No he conseguido olvidar su imploración. "Quiero morirme aquí, en mi casa. Allí tampoco podrán hacer nada. ¿No lo comprendéis?". Después de algún tiempo, he llegado al convencimiento de que, en cierto momento, todo hombre conoce cuando va a morir. Cuando llegamos era ya noche cerrada. El celador nos saludó con cierta cordialidad, pero en esta ocasión no me pasó su brazo por los hombros y yo eché en falta aquella señal de afecto.

Pedro murió en el ocaso del día veinticuatro de junio, cuando se iniciaban los festejos del solsticio de verano y las hogueras de San Juan comienzan a velar a la luna.

Anita, como llamábamos cariñosamente a su mujer, -la asturiana para otros-, y Paula se abrazaron a mí y lloraron llenas de desamparo. En aquellos instantes no podía hacer otra cosa que armarme de fortaleza y de una serenidad aparente que no sabía cuánto tiempo podría mantener. Me escapé de ellas y me escondí en un lavabo para que nadie viera mi llanto.

A los pocos días me embarcaba en un avión con destino a Bruselas. ¡Cómo una ciudad puede ser tan extremadamente triste y solitaria al mismo tiempo! Me ha resultado intrincado aceptar los semblantes hieráticos y los andares autómatas de los funcionarios internacionales. Cuando estaba allí, la ansiedad de la distancia que me separaba de Paula se acrecentaba al mirar aquel cielo orondo, aburrido y pleno de desafecto.

Una tarde, cuando los establecimientos comerciales habían cerrado sus puertas, paseando por la Rue Neuve con mi viejo compañero de misión, le hice notar que era extraño que la gente no te mirara nunca a los ojos. Me dijo que, en efecto, él no había reparado en aquel matiz, que notaba algo raro pero que no sabía qué era. Sin ninguna intención, comenzamos a mirar a los últimos transeúntes y éstos nos reverenciaban con una leve inclinación de cabeza y un "bon soir monsieur" se les escapaba de sus bocas inexpresivas. Existen ciudades que propician la soledad y el desencanto y la frialdad. Bruselas, no es, ciertamente, para mí una ciudad acogedora. Cuando a uno le sobreviene esa sensación, los primeros ojos de una mujer que reposan en los tuyos se antojan bondadosos y un inexplicable sentimiento de protección te trasladan a otro espacio diferente, donde la Indiferencia y el Olvido no son las únicas fuentes donde debas calmar la falta de ternura. A partir de ese instante, poco importa lo que suceda más tarde.

En aquella ciudad lo intentaba todo y, en ocasiones, lo conseguía... Pero nunca podía llegar a la desmemoria de Paula y, por esa razón, aquella noche, -cuando había encontrado a una mujer de mirada castaña-, la llamé a gritos desde el fervoroso corazón de la Grand-Place. Me sentía como cuenta la leyenda del niño meón de la estatua: extraviado en cualquier lugar indeterminado del mundo. Ni su cálido recuerdo ni mis gritos en la noche me hicieron sentir consuelo. Cuando los gendarmes, altos y de tez sonrosada, me empujaron por la espalda, lo hicieron con desprecio y su mofa, como si estuviera loco, la escuché a mis espaldas como si mil traiciones me estuvieran agujereando el cuerpo. En aquella ciudad las estrellas apenas existen; no lloran ni suplican, carecen de la posibilidad de comunicar una vaga sentencia de calor y de emoción. Están plantadas en el cielo sin objeto alguno, del mismo modo que si los ojos más expresivos y llenos de vida se los entregamos a una mujer de semblante cetrino, mudo, inexpresivo y, ante todo, monótono. Llegaba a mi hotel de la Rue du Midi cuando se me ocurrió pensar que hay cielos a los que les sobran las estrellas, y existen mujeres que no merecen el color ni la expresión de sus ojos.

Paula tenía los ojos verdes, algo nostálgicos, es cierto. Pero..., por sus ojos se escapaba el misterio de su pasión como si en cada mirada lanzara al viento millones de esperanzas...

Soñé que iba en el metro. Se llamaba María José y era alta y morena. Algo entrada en años; alrededor de los cincuenta. Tenía la piel tersa y los muslos duros. Todo su cuerpo abrasaba. Pero hay veces, sobre todo cuando se es joven, que no importa quemarse en el amor falso de una mujer. Lo digo porque ahora he conseguido entender que esa modalidad del amor se pasa con los años. Tampoco esto es cierto. Me faltan las palabras. Debo matizar el sentimiento. Pienso despacio; intento revivir aquellos años... ¡Ahora está claro! Por muchas vivencias que tengamos siempre necesitamos el calor. Decía que pasa con los años y no es cierto. Ahora necesito abrasarme, quemarme, dolerme...Tan sólo busco... ¡No, no debo decirlo! ¿Pero qué sentido tiene entonces este epílogo íntimo si mi vida ha sido como todas las demás un leve y corto cuento? No, no es posible. Esto puede ser terrible. Me estoy haciendo viejo. Mi decadencia se hace inevitable. No deseo que esto suceda. ¿Qué ocurre? ¿Quién me visita en esta soledad? ¿Quién está ahí, quién es? ¿Por qué razón me gritas de esa manera? No es necesario que se pregone en alta voz. Tampoco que a gritos me intentes convencer. Por mí mismo lo vengo sintiendo. Todavía me emociono, me ilusiono, me entusiasmo y, a mi manera, me entrego. No soy un anciano. Deseo amar y cuando me lo permiten lo manifiesto. No es preciso gritar. Yo no he guardado silencio en una sola ocasión. Así pienso continuar. ¿Sería evangélico decir ahora que quienquiera entender, entienda? No. Esto debo suprimirlo cuando relea este epílogo. No creo más que en mí mismo y en ti. Buscaré tu cobijo, la melancolía y la luz de tus ojos, tu fuego y la humedad de tu piel, la entrañable suavidad de tu sexo, la protección de tu abrazo cuando te sentabas en mis rodillas, la ternura que se nos quedó olvidada en la monotonía de la vida diaria, el silencio que no supimos descifrar, aquellos períodos de desengaño cuando creíamos ser amados por extraños, por esos enardecidos aventureros del amor.

El teléfono sonaba a intervalos regulares. La voz de una mujer -¿cómo sería la expresión de sus ojos?-, me anunciaba que eran las ocho de la mañana y que mi avión partiría dentro de tres horas.

Cuando me puse en pie el cuerpo me temblaba. ¿Qué estaba sintiendo? ¿Tal vez miedo o, acaso, emoción? Miré hacia el cielo a través de los visillos de la ventana. Pero ahora... Ahora soy incapaz de recordar cómo lo vi.

Sólo mantengo el recuerdo de que antes de tomar el metro en la Gare Central, compré un ramillete de flores a una mujer anciana; que luego lo tiré por la ventanilla del tren que me conducía al aeropuerto, mientras que amparado por el ruido que nacía bajo mis pies pronunciaba el nombre de Paula.

Cuando llegué a mi casa, la soledad y el silencio me hicieron pensar, no sé por qué motivo, en Pedro. Y sin ninguna dilación me acosté en el lecho frío; un ligero temblor recorría mi cuerpo, y mis ojos, algo húmedos, se cerraron lentamente.

En el avión, algo más cercano del cielo, las estrellas habían estado a mi alcance.



Rafael Mulero Valenzuela
Madrid, Enero de 1.988
©Madrid 1997 R.P.I. M-57146