jueves, 21 de agosto de 2008

El pasillo



Ella permanecía con los ojos abiertos, pero nadie podía aventurarse a decir qué estaba viendo en aquel instante. El le pasaba la mano de un lado a otro. La hacía señas. Se colocaba ante ella y sonreía. La expresión de su mirada permanecía inalterable, fría; perdidos sus ojos en lo indeterminado.

En la habitación del hospital estaban ellos tres. De momento, él ajeno a un misterioso diálogo silencioso; posiblemente definitivo. No podía saberse.

En poco tiempo comenzaría el turno de noche. Vendría la enfermera jovencita, con el pelo negro rizado, ataviada como siempre, con la rebeca azul marino sobre su uniforme blanco. Al marcharse miraría sus piernas y las descubriría hermosas debajo de las medias blancas. Llevaba repitiendo aquel gesto durante dieciocho largas noches. Ella lo sabía y en algunas ocasiones al llegar a la puerta se volvía para sorprenderlo. Conocían su mutua atracción, pero nunca fueron más allá de la insinuación velada que cada uno deseaba descubrir en sus miradas.

Algo más tarde llegaría el celador, un hombre de considerable estatura, de torso y hombros corpulentos, algo cansino en sus andares; parecía como si aquellas piernas de pedernal necesitaran para moverse de un mandato especial; su aspecto general estaba dominado por su cuello amplio, robusto, redondo, recio y sólido. El celador era el único que le proporcionaba alguna noticia. Al entrar en la habitación siempre le hacía la misma pregunta. "Y hoy, ¿cómo se encuentra la señora?". Le respondería casi de forma habitual. "Ya sabe. Dicen poco". Después se iría hasta él. Le pondría su brazo pesado y potente abarcándole los hombros: "La señora no está para morirse esta noche. Debería ir a descansar. Le avisaremos si sucede algo. Llevo ya treinta años en este oficio, siempre por la noche; lo pagan mejor, sabe. He visto morir a mucha gente y le aseguro, créame, -tenga confianza en mi-, que la señora pasará de esta noche, sólo hay que verla. De todas maneras, si decide quedarse ya conoce el camino; al final del pasillo. Mi mujer me ha preparado unos buenos bollos y el café despide un aroma insuperable. Además, hoy me he acordado y le he traído azúcar".

Por un breve instante se miraron a los ojos, y le reconfortó encontrárselos henchidos de vitalidad.

Se quedaron nuevamente allá solitarios los tres. Permaneció largo tiempo sentado en la fría silla metálica, a los pies de la cama, ensimismado en la tortura. Tan abstraído permanecía, que a veces se sobresaltaba al no escuchar el burbujeo monótono del oxígeno. Se levantaba para ver como corría despacio, de forma constante e impenitente la gota del suero. Estaba atento a cualquier movimiento que pudiera producirse en las manos, que permanecían atadas a los barrotes de la cama, mediante unas correas marrones desgastadas por el uso. Le habían explicado que eran necesarias porque así no había la posibilidad de que se quitara la sonda de la nariz o la mascarilla, o que tirara con un movimiento del brazo el soporte del que pendía la bombona del suero. Después de algunas noches, cuando le descubrió levantada la piel de sus muñecas, humedecía unos pañuelos en agua tibia y envolvía las correas con ellos.

El se había considerado generalmente fuerte ante aquellas circunstancias pero ahora, algo estaba fallando en su interior. Trataba de encontrar la causa, la última razón, por la que aquella noche le sobrevenía ese profundo padecimiento moral. El olor que exhalaban las paredes, las camas, los colchones, cada uno de los utensilios, lo asimilaba con toda su trascendencia hasta el punto que sentía un mareo repugnante que le producía sudores fríos, agobiantes, que le desembocaban en una especie de convulsiones internas. Se decía que debía provocarse el vómito para expulsar de sus entrañas la fetidez agria de su miedo. Estaba agarrado con fuerza a los barrotes de la cama y temblaba alborotadamente, lleno de turbación. Ella se movía al ritmo que marcaban sus manos. De repente, le vino la calma y sólo escuchó el ruido potente y excitado de su corazón golpeándole con inusitada violencia el pecho. Ella continuaba con los ojos abiertos. Parecía como si quisiera decirle algo. Su mano no vaciló al levantarle la mascarilla. Si ella no podía hacerlo, él sentía la necesidad de hablarla, de pronunciar alguna palabra de consuelo. Necesitaba besarla. Lo hizo, dejando sus labios frescos en los suyos resecos y agrietados. Después, volvió a colocarle la mascarilla de plástico verde y acarició su cabello blanquecino.

Había sido una mujer hermosa, exultante y vigorosa. Nada quedaba ya de todo ello. El padecimiento, la prolongación innecesaria de su enfermedad, la habían conducido a un estado de decrepitud lamentable. Estaba arrugada y consumida, la piel convertida en escamas que se pegaban a los huesos mermados, el semblante desfigurado y la nariz afilada, de un color indigno. Debía tener la garganta interiormente resquebrajada como ese aspecto que adquiere la tierra en las sequías prolongadas. La lengua se le presentaba pesada, áspera, gorda, casi inmóvil. Al besarla se había apercibido que su boca despedía un olor fétido, como si la putrefacción de sus entrañas estuviera lanzando un rugido incontenible de rabia. En la quietud de su cuerpo se hacían patentes la congoja, la impotencia y una impuesta resignación. No podía él discernir si ahora sus tenues gemidos eran sólo sollozos o si, por el contrario, aquellos presumibles sollozos eran profundos y tétricos gemidos. La ropa que cubría su cuerpo desnudo, una sábana amarillenta, le ahogaba.

Abrió la ventana y el frío de la noche se adentró apresurado en la habitación, y sus cuerpos temblaron inquietos. Fue como si a ella la hubieran zambullido en las aguas gélidas de un pozo serrano, sin final cierto. De un golpe brusco cerró la ventana. Su cuerpo parecía fatigado. Los ojos le ardían sin consuelo y le pareció como si unas lágrimas, apenas perceptibles, se le salieran de ellos contra su voluntad. Al secárselas con sus propias manos comprobó el ardor profundo, aislado, de sus mejillas sin color. Había algo en ella que le hacía compartir y comprender, en cierta medida, la agitación temerosa de su espíritu, su pena incontenible, el desasosiego infinito de la vacilación. Los dedos de las manos se le pronunciaban descaradamente por momentos.

En su afán por auxiliarla, pensó que debía contenerle el estremecimiento que se adueñaba de ella y depositó las manos en sus sienes, y sintió que se le hundían en unos huecos profundos. Percibía sus palpitaciones acompasadas, débiles, machacando las yemas de sus dedos con insistencia. En un instante repentino, fue como si ella recuperara una cierta apacibilidad. Se dijo que, tal vez, había llegado el momento definitivo. De nuevo se sentó en la silla y permaneció profundamente inmóvil, observándola con un cierto aire de curiosidad, de intriga, de contenida sorpresa. En sus ojos brotó una mirada de inexplicable desafío que dejó perdida, a través de la ventana, en aquel infinito donde el crepúsculo matutino se presentía tímido e incipiente.

Ella continuaba con los ojos abiertos; la mirada fija en su lugar habitual. Ahora más que nunca, volvió a tener la sensación de que en aquella habitación tenían una acompañante infatigable y terca, que venía pregonando con insistencia el fraude de la vida. Por un momento se había detenido a escrutar la noche, como si en ella hubiera querido descifrar algún misterio todavía no catalogado; como si las estrellas titilantes hubieran podido proporcionarle ese corto y sencillo poema de amor que habría deseado escribir en las paredes blancas de aquella habitación.
Cuando volvió la vista hacia la cama, la mujer tenía la nariz encogida y su punta, antaño respingona, aparecía afilada. Se levantó pausadamente, sin hacer ruido. Se llegó hasta ella y comenzó a tirar con suavidad de la sonda que tenía introducida por la nariz, hasta que extrayéndola totalmente la dejó caer al suelo. De su brazo derecho, levantó los esparadrapos y, con la prudencia que proporciona la ignorancia, la liberó de la aguja larga que estaba introducida en la vena. Una mancha negra, redonda y uniforme, adornaba su brazo. Le soltó las correas que ataban sus muñecas. Dobló sus brazos sobre el pecho y giró con decisión la llave que daba paso al oxígeno. Separó la mascarilla de su boca, y volvió a dejar en ella un beso suave, sin aparente pasión, como si no deseara causarle sobresalto alguno.

Al salir de la habitación, por el pasillo, se cruzó con la enfermera del pelo negro rizado. Se miraron a los ojos. Ella creyó ver una expresión distinta en sus pupilas. Esta vez no se volvió para mirar sus piernas. Ella tampoco quiso sorprenderlo. A través del pasillo en penumbra encaminó sus pasos al cuarto del celador. Tomaron café con azúcar y bollos. Después se ofrecieron un cigarrillo. Le dijo que se iba a dar un paseo; que si acaso ocurría algo debía avisar al resto de sus hermanos. "Está bien", le dijo. Si acaso no volvemos a encontrarnos le deseo que tenga suerte. De todas formas, suceda lo que suceda, si algo necesita ya sabe dónde me tiene.

Ya no escuchó que el celador le preguntaba si la señora descansaba. Se había dado la vuelta, sumido en un estado general de abatimiento, mientras descendía por las amplias escaleras de mármol blanco, donde la claridad del día iba adquiriendo el suave brillo de un nuevo amanecer.


Rafael Mulero Valenzuela
Madrid, mayo de 1987© Madrid 1997 R.P.I. M-57146