jueves, 31 de julio de 2008

Un gorrión en el hombro

Un gorrión en el hombro
Para mis hijos Natalia y Jacobo
Que resisten mis fumadas y me
Animan a no perder amigos de la pipa
Señores:
Permítanme ustedes que les moleste con mis cosas, esos canturreos del "gorrión". Ayer, jueves 10 de abril de 2008, como de costumbre en el Pepe Botella, el lugar de reunión y tertulia de los componentes del Club de Amigos de la Pipa de Madrid, tuve el honor de recibir el carnet número 67 que me acredita ante cualquier Autoridad como socio del referido Club. Es cierto que lo tenía a mi disposición hacia algún tiempo pero mis dolencias, propias por otra parte de la edad, y algunas y penosas gestiones familiares, me habían obligado a ausentarme de esos corrillos olorosos en variedades tan agradables a los amantes del tabaco de pipa. Nunca podrá pensarse que lo recibí con indiferencia, sino muy al contrario con la enorme satisfacción de tener algo material que puedo enseñar y mostrar con orgullo. Pero he de confesarles algo más. Yo llevaba el carnet en mi corazón hacía ya mucho tiempo y ya saben ustedes que cuando me dedico a contarles mis cosas, esas cosas a veces tontas, otras extrañas, del gorrión, siempre lo hago a corazón abierto.
De regreso a mi casa, mientras escuchaba a través de la radio los avatares del "Geta" frente al "colosín" alemán, deseaba que la carretera se hiciera más breve, y que se me viniera de repente encima Torrelodones. Mis niños me esperaban junto a su madre. Ya habían cenado, todavía mantenían algunas dudas en resolver la suma de las fracciones, los paralelogramos, sus ángulos y la longitud de sus lados, y mi niña Natalia se intranquilizaba porque deseaba mi beso y mi abrazo cuando me contaba que había quedado finalista en el torneo de ping pong.
Llovía. El perro me recibió con gran alboroto de rabo, con llantos contenidos.
Estaban en el salón, los tres juntitos viendo como el "Geta" sentía el calor de España, como le empujábamos todos, como le aplaudíamos, como le queríamos…
Pero mi carnet, al mostrárselo, disipó la atención al televisor. Les gustó. Todos nos sentimos bien y me dieron la enhorabuena. También me llegó el regalo de algún beso. Y es que el beso, señores, siempre es un maravilloso regalo y nunca una mera rutina. Y en ese breve instante se me disipó la amargura de una eliminatoria perdida.
Ya saben ustedes que sin lentes de cerca no soy nadie, que no veo un pito, y que mis ojos igual que mi corazón comienzan a dar algunos síntomas de cansancio. Bueno, no hay que preocuparse, será el efecto de la primavera con sus estallidos de colores, el esplendor de los olores, el bienestar de un calor tibio, las lluvias de San Isidro y el olor profundo y pleno de la madre tierra empapada.
Ellos, los niños, -con su habitual ingenuidad-, me lo hacen ver. Ellos han descubierto que en el hombro se me ha posado un gorrión. Y yo me pongo a la tarea de hablarles de los gorriones y de la historia de "mi" gorrión. Les digo que su nombre científico es Passer domesticus, que es de pico corto, robusto y cónico; que la cola es mediana y cuadrada, las patas son cortas, las alas son igualmente cortas y redondeadas; que es glotón, bochinchero y confiado, alborotador y bullanguero; que su alimentación es granívora, frutal e insectívora por lo que se le considera
aliado del hombre; que tienen la costumbre de ir por el suelo dando pequeños saltitos mientras recogen la comida que encuentra a su paso; que en la construcción del nido trabajan juntos el macho y la hembra y que utilizan pajas, palitos, cordones, trozos de papel y tela; que la hembra pone de tres a seis huevos y que la incubación la lleva a cabo exclusivamente la hembra y dura entre once y catorce días, y que para la alimentación se ocupan indistintamente el padre y la madre. Y los niños me miran y escuchan entusiasmados mientras en sus ojos aparecen los síntomas inequívocos del sueño que definitivamente llega cuando les hablo de los gorriones alpinos, del gorrión arlequín, o del de barba negra, o del gorrión arrocero o de Java.
Los llevo a la cama, les arropo y les santiguo, mientras solicito la protección del Dios Padre para ellos y les murmuro: "que Dios os proteja".
De vuelta al salón, en silencio, me pongo a fumar mi última pipa del día. Sin duda la más cálida, la más voluptuosa, las más pausada, la de mayor confort y consuelo. Al final, también a mi me llega el aviso del dios del sueño, y al pasar por sus habitaciones escucho como mis pequeños niños sueñan con su papá-gorrión.


Rafael Mulero Valenzuela
© Rafael Mulero Valenzuela, abril de 2008