jueves, 31 de julio de 2008

La maldición de la morcilla y el rabo

Señoras, señores, compañeros todos, lo aquí presentes, los llamados exilados (a los que mando mi más entrañable abrazo) y los invitados.
Con el permiso de la Junta Directiva de este Club de Amigos de la Pipa de Madrid se me honra con la posibilidad de dirigirme a vosotros en la celebración de nuestra IV fumada lenta que este club viene organizando desde el año …
Desear que nuestros queridos y entrañables artesanos italianos se encuentren molto bene en esta ciudad prodigiosa en luz.
Algunos de vosotros ya me conocéis, habéis visto mi foto circulando por esos anexos a los correos que día a día nos intercambiamos los socios y sabéis del contenido de algunos de esos correos.
Agotado el tiempo que se debe conceder a todo preámbulo doy paso a relatarles esas historias que me están ocurriendo desde que se tuvo la benevolencia de admitirme como un integrante más del Club.
Todo comenzó con la historia de los huevos y la morcilla. Ya sabéis que después de nuestra reunión semanal de los jueves en Pepe Botella, en la afanada y no menos renombrada Plaza del Dos de Mayo de Madrid, se instauró la costumbre de ir a cenar a un bar de la calle Fuencarral. Pues bien, deseando hacer méritos y participar en las labores del club me presenté a la cena y, como no podía ser de otra manera, solicité mis huevos, la morcilla, las patatas fritas y los pimientos. Aquella noche fue mi bautismo de fuego gastronómicamente hablando en el Club de la Pipa de Madrid. Debo decir, antes de nada, que ya se me había bautizado en los sabores inconfundibles de la latakia y también en los nuevos sabores y olores aromáticos. Pues bien, señoras y señores, aquella noche fue inolvidable porque al llegar a casa sentí como los huevos se me iban de un lado a otro… del estómago, mientras la mocilla se despertaba alborotada y altanera y comenzaba a hacerse notar. No deseo aburrirles en detalles. Al final…, al final todo se arregló en mi deambular nocturno con un vasito de agua y bicarbonato y un Omeprazol.
Espero que después de la cena de anoche, ninguno de vosotros hayáis sentido los estragos de la morcilla y que los huevos no os hayan dado ninguna clase de problemas.
Pero eh te aquí, que la maldición de los huevos y la morcilla se ha apoderado de mi y me persigue todos estos días de celebraciones y de alteración. Solo hago pensar cuánto tiempo se mantendrá encendida mi pipa, la de Samtabrogio, la que me entregaran en breves instantes.
El hecho es que el jueves me fui a comer al Candil y no se me ocurrió más que pedir un menú, -el menú del día-, a base de callos con garbanzos, chorizo y morcilla y de segundo plato rabo estofado con patatas panaderas. Ay señores, que la morcilla no me abandona y a media tarde el rabo se volvió como loco y yo no sabía que hacer y el tiempo se me venía encima y tenía que ir en autobús al local de Pepe Botella y mientras en los calores de la tarde otoñal de este Madrid sin lluvias que nos refresquen no acertaba apenas a prepararme una pipa medio inventada con tabacos lakatianos y aromatizados de whisky, fresas salvajes, vainillas, canelas o vaya usted a saber qué es lo que le puse a mi pipa. En aquellos momentos de angustia y confusión me prometí que nunca faltaría en el cajón de la mesa de mi despacho una pastilla de omeprazol para combatir adecuadamente las sublevaciones de los huevos, la morcilla o el rabo.
Entre el frío de la tarde, los frenazos y bamboleos del autobús, y la pipa reencendida, llegué a Pepe Botella un tanto en regla porque los callos, la morcilla y el rabo habían consentido en el orden, la compostura y el alojamiento adecuado en sus cavidades naturales. El ambiente de nuestro salón en Pepe Botella respiraba un tufillo especial, inusual, algo disparatado. Había como un run run de inquietud, de expectación, de emoción contenida como sucede en esas tardes mágicas de toros, toreros y sol. Allí estaba Mauricio Tombari con sus pipas expuestas con el amor de sus manos, colocadas en un orden de concierto en sol sostenido mayor. Dios mío no podía ni mirarlas no fuera a ser que de nuevo el amor me viniera en un súbito arrebato.
Para calmar mi emoción Juan, el vicepresidente, me invitó a un sorbito de whisky para que se me calmaran todas mis inquietudes, mis desvelos y dejara de pensar de una vez por todas en el rabo y los huevos y se me fuera de la cabeza la angustia de saber cuanto tiempo podría mantener la pipa encendida.
Me fui de Pepe Botella cuando se disponían a tomar la ruta de los huevos.
Llegué a casa cuando ya mi mujer y mis pequeños niños dormían. Me acosté y comencé a soñar que no se me apagaba la pipa.


Rafael Mulero Valenzuela
Otoño de 2008
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