lunes, 9 de julio de 2012

Los cien mil hilos de la vida

Fotografía: Rafael Mulero

Un día, de mediada la primavera,
De un año, que casi no recuerdo,
Llegué llorando mi nueva vida.
Estremecido y ya entusiasmado,
En blancos pañales acurrucado,
Me amamantaron, y viví colgado
De los cien mil hilos de la vida.

En mis recorridos, a veces lento,
En ocasiones…, precipitado,
Yo diría que hasta alocado,
Han ido segando los hilos de la vida.
Unas veces sin que cuenta me diera
Y no sentía algún dolor ni acaso pena
No era consciente del cansancio infinito.

Pasaban despacio las primaveras
Con su flores y sus aromas de encantos
Y yo… Yo, colgado de vida, iba tirando.

Entre risas, proyectos y algún otro canto,
A veces, un desgarro absoluto, áspero,
Me llegó a las profundidades del alma,
Y no sabía si el chasquido del hilo roto,
Provenía del mismo hilo, o iniciaba el ciclo
Irreparable, del desaliento y el llanto.
Acaso estaba ya alojado en el alma.

Los fracasos de tantos amores ingratos
Me rasgaron, en solo minutos, diez mil hilos.
Los guillotinaron. Hicieron una pobre madeja,
Sin leyenda ni marca registrada de entrega,
Perfumada de  infidelidades y fingidos celos,
Y sin lágrimas falsas ni duelos caritativos,
Los hijos en pavesas se vieron convertidos.

Compañeros de vida y del único camino,
Blandieron relucientes sus puñales de envidia,
Afilados en rencores, fraguados en miserias,
Y se llevaron otro puñado de hilos de mi vida.
El olor de su odio, la fetidez de su mirada,
El corazón me dejó entristecido y extenuado,
En amargura y respetuosa resignación.
Mientras hacían sus profanos discursos,
Coreaban, ve aprendiendo, así es la vida

Mis ojos han visto muchas primaveras,
Siempre esperando una incomparable,
Encendida de luz de magnolios en flor,
Pero ha llegado el momento difícil.
Ahora…, solo pendo de un hilo de la vida
No permitiré que este me lo arranque nadie
Que he aprendido que solo a Dios corresponde
Llevárselo y salvarme.


© Rafael Mulero Valenzuela
                          Julio de 2012